Así estoy yo...Majara perdida

jueves, 4 de febrero de 2010

Para ti, para todos. Os echo de menos.

Escrito en un foro en algún momento del 2002, cuando aún estabamos todos aquí...ahora ya sois más allí.


Cuendo de pequeña me contaban esa historia con la inocencia de la infancia pensaba: ellos dirán lo que quieran, pero es una lacra, mi tío se murió borracho. Luego me consolaba pensando que al fin de al cabo no era un “tío” tío, era solo un “tío accidental” (más tarde supe que a esas cosas la gente le llama “ tío político” o “los de fuera” todavía más despectivo) porque el no era de la familia, solo era el marido de mi tía.
Lo que pasó con claridad no lo sé, pero mi “tío” no murió exactamente borracho. Él se levantó una mañana, le dio un beso a su mujer que como todas las de la época en aquel pueblo se quedaba en casa de su suegra (no porque le hiciese compañía, es que vivían allí) cuidando a sus dos hijos y se fue a trabajar. Se ve que a última hora se quedó solo y al abrir una de las cisternas del vino el vapor que se había creado en ella le mareó y se abrió la cabeza al caerse dentro...
Creo que en ese día que me contaron de niña cincuenta veces comienza mi admiración por la tía Tere, porque esa noche mientras velaban el cuerpo ella le dijo a mi padre: “Tú de verdad crees que él me ve todo el tiempo?” Y mi padre le contestó: “Claro Teresa” y ella se fue corriendo a pintarse el ojo y al volver le dijo: “Es que seguro que si me ha visto ahora está pensando que estoy muy fea” Mi padre, estoy segura aunque no lo conocí, no se lo debió tomar a mal; si algo tenemos en esta familia es un humor retorcido y negro, cuando nos toca el desespero es lo primero que nos sale.
Y fueron pasando los años y ella seguía viviendo con su suegra. De esa época sólo sé lo que también me contaron cincuenta veces, que aguantó carros y carretas, con una suegra cicatera en una casa donde no era dueña ni de las bragas que llevaba puestas. Desconozco como llegó a vivir independiente, en su pequeño negocio en la parte delantera de una casa en mitad del pueblo. Sé que a su hijo mayor lo colocó mi abuelo materno y las cosas le fueron muy bien porque curró como una bestia; el pequeño se quedó en el pueblo trabajando en la fábrica de jerséis cuyo dueño años más tarde se mató aparcando su coche en el lago al ver que tenía que cerrarla asfixiando un poco más la economía del pueblo.
Mis recuerdos comienzan en esa casa a la que se entraba por la tienda, el salón y la cocina al fondo, arriba los dormitorios y el baño. Yo atendía a la gente y al principio me hacía un lío enorme con las vueltas, al final de la estancia me encantaba mi “trabajo”. Mientras mi tía preparaba la comida... longaniza de primero, segundo y postre, acompañada de patatas un día y de tomate al siguiente. “ No es sano nenes, pero es que no me gusta cocinar”. Allí nos contaba cosas de mi padre y nos moríamos de risa, porque ella sólo recordaba los momentos buenos, y tuvieron muchos. Nosotros siempre le preguntábamos cómo le habían puesto el teléfono en casa y ese era el único momento en que se ponía triste. “ Pues lo pedí un montón de veces, porque vuestro padre estaba muy enfermo y yo me moría de la angustia. Al final recordé cuál era nuestro apellido y llamé al único de la familia que ha llegado a algo. Al día siguiente tenía la línea en casa” A nosotros siempre nos encantaba saber que realmente éramos familia de aquel señor que salía en los periódicos capaz de doblegar la todopoderosa telefónica, aunque la historia de mi padre enfermo no nos hacía gracia... muchas veces al verme en un problema he pensado si no debería llamarlo, aunque ahora aún siendo de la nobleza no sé si tendrá tanta influencia como entonces.
Atracaron dos veces en el mismo año la pequeña tienda y mi tía se acojonó. Siempre me explicó que fue por eso que aceptó la propuesta de matrimonio de aquel tímido señor de campo, pero yo nunca la creí. Festejaban en casa de su hijo pequeño el cual en privado confesaba que no le importaba que su madre volviese a casarse pasados los sesenta años y después de treinta siendo viuda, pero lo del “festejo” en el salón de su casa no lo podía soportar.
Y empezó para ella una nueva vida. Se dedicaba a “cuidar” a su marido. Sustituyó la longaniza por una interminable serie de guisos. Conejo a la cazuela, berenjenas rellenas, tall rodó... nosotros echábamos de menos su famosa longaniza con tomate. “Somos mayores nena, no nos sienta bien tanta comida” me decía; “y por qué la haces?” le preguntaba yo, “con lo bien que te quedaba la longaniza con tomate...” mi pregunta era interesada claro, nunca me supo mejor la longaniza que como la cocinaba ella y me contestaba sonriendo “pues porque le gusta a él, si no para que me iba a estar yo cocinando!!!!” Ella prácticamente nunca había salido del pueblo, con su marido viajó a Andorra a comprar chucherías, a la playa de vacaciones, al extranjero a ver jugar al Barça “ Yo sé muy bien de que equipo soy ” me explicaba mi tía periquita de toda la vida, “pero un marido es un marido y además yo solo me dedico a ir de tiendas y cuando vemos los partidos por la tele, pues mira, hago ganchillo y así no se me escapa ni un comentario”. El año pasado a mi tía le operaron de un cáncer de pecho, vinieron a Barcelona, y su marido no se movió de la habitación del hospital en los catorce días que estuvo ingresada, después iba cada día con ella en el taxi para la radioterapia, el tractor parado en el campo, igual que estaba anteayer a su lado cuando lo encontraron muerto al medio día. Salió de casa, le dio un beso a su mujer que se quedó preparando los guisos y mirando por la ventana.Me lo ha dicho mi hermano ya pasado el funeral. Al parecer a mi tía le preocupaba donde iba a dejar a la pequeña si decidía ir al entierro en el pueblo (y lo hubiera hecho, ella bien lo sabe). Es increíble la cantidad de cosas de las que me entero tarde por haber sido madre, dicen que lo hacen para no molestarme, pero a mi me parece que más que tener un hijo he ingresado en prisión, no me dejan ni moverme. Me he acordado de mi tía muerta de risa cuando me contó que para su noche de bodas (la segunda) y después de pensarlo mucho le había pedido a su hermana (rondaba los sesenta también) que la acompañara a comprarse un picardías. “No veas lo que parecíamos las dos pidiendo “esas cosas”, que nos fuimos a un pueblo en el que no nos conociera nadie. Pero nena, que esas cosas son importantes, acuérdate siempre”
Hoy he hablado con ella. Me explicaba lo cansada que estaba y lo mucho que le iba a echar de menos, para acabar diciendo. “Es increíble nena, tantos años que han pasado y es como la otra vez” No ha necesitado explicarme qué era como la otra vez, cuando mi “tío” le dio un beso para irse a trabajar y lo encontraron muerto.
PD. Se lo dedico a mi tía, con quien comparto el sentido del humor negro, la fortaleza y toneladas de mala leche. Ella nunca lo leerá porque no sabe encender un ordenador ni puñetera falta que le hace porque como ella dice siempre, “para asomarme al mundo ya tengo el sillón junto a la ventana”.

2 comentarios:

Ana del guisante dijo...

Niña, te encuentro tarde... pero aquí estoy, con las mismas ganas de escuchar-leerte que aquél día que quedamos en el Acuario de Barcelona, con nuestros niños pequeños, pequeños de verdad. Sigues escribiendo fenomenal. Besos grandes, como tu corazón.

* IRMA * dijo...

Nada. Que te añoro...