Así estoy yo...Majara perdida

miércoles, 30 de abril de 2008

El gran baile de las máscaras

Con los años, los sensiblones como yo aprendemos a ajustarnos la máscara antes de lavarnos la cara.

Las legañas apegotadas, la boca pastosa, el andar vacilante... antes de encender la luz del baño y que unos ojos humanos, aunque sean los nuestros, nos vean por primera vez nos sacudimos la pereza y miramos en la enorme maleta pensando: cuál es la que me pondré hoy? Yo tengo un par (de cabreada/pasota y cabreada/cínica) que últimamente luzco a menudo. Tengo otra de hoy paso de todo pero de buen rollito que me da excelentes resultados.

Pero hay días, hay días como hoy, que la puta máscara se empeña en moverse y de golpe me encuentro con la sonrisa de "no pasa nada" congelada en el rostro, y luego se convierte en "dejame en paz, capulla" y cambia rápidamente a una de "tienes la sensibilidad en el culo, junto a la mierda, no te atrevas a hablarme, imbécil" y los ojos se me empañan... y creo que voy a fundirme cuando escucho una vocecilla preguntarme: "¿Por qué tienes esa cara tan triste, mami?"; porque se me ha caído del todo y presiento que voy a perder el control.

Porque yo cuando veo a un compañero de curro hecho polvo me duele. Cuando veo a mi marido ausente me duele. Cuando un amigo lo pasa mal me duele. Cuando un cliente me cuenta sus problemas me duele. Cuando veo alguien llorando en la calle me duele. Cuando veo a un perfecto desconocido doliéndose me duele. Y cuando veo que uno de mis hijos se duele algo dentro de mi se rompe y siento que muero un poco.

No estoy hablando de dolores físicos, de esos dolores en los que hay algo acertado e inmediato que hacer (dar un calmante, curar una herida, acudir al médico o correr al hospital); hablo de esos dolores que habla mi querida Mafalda en una de sus tiras, tirita en mano preguntándose cómo se la puede poner en el alma...

Hace años que observo a mis hijos con una lupa gigante, descubriendo en ellos los rastros de ésta, mi exquisita sensibilidad. Sintiéndome orgullosa en secreto porque allá, muy en el fondo, creo que ser así es bueno, que duele mucho, pero también se goza mucho.

Hace años que a menudo me instalo en el gran baile de las máscaras, que nadie me vea temblar, escondiendome siempre, pensando en el absurdo infinito de no poder mostrar cuántas cosas me duelen y cuántas me colman de felicidad, todas esas pequeñas y absurdas cosas, intentando tapar el sol con un dedo; pero hoy...

Hoy maldigo mi herencia. Maldigo mis ojos que lloran, mis manos que tiemblan, mi voz que se ahoga, mi alma que duele. Maldigo todo lo que, sin querer, he transmitido.

jueves, 24 de abril de 2008

El día de la rosa....y los libros


Yo soy una lectora voraz, anárquica y chapucera.

Leo sobre cualquier temas, de cualquier autor (bueno, malo o regular) y me guío sólo por impulsos.


Así en las dos ultimas semanas he leído el último de Harry Potter (por cuarta vez, dos en la versión oficial y dos en la pirateada), otra de Jordi Sierra muy bien escrita "Cuatro días de Enero", una sobre la muerte absolutamente destenillante de un autor que no recuerdo "Un trabajo muy sucio" y esta misma mañana con un temor reverencial he abierto "la última de Zafón" sin grandes esperanzas. Veremos lo que sale y si este autor consigue engancharme al mismo nivel que me enganché con la para mí "única obra de Zafón". Jamás lo había oído antes de coger ese tochazo del montón de libros, recomendado por mi librera favorita antes que se convirtiera en lo que hoy es, y no he sentido ninguna curiosidad por lo que había escrito antes de él.

Porque esa es otra de mis manías. Si descubro un libro que me gusta no paro hasta conseguir todo lo que ha escrito su autor anteriormente lo cual me ha llevado de excursión por todas las librerías de viejo de Barna en búsquedas cada vez más desesperadas.


Así leo yo. Sin criterio, a una velocidad desbocada y a veces es contra dirección.

Leo libros porque alguien me los recomienda (La vieja sirena, de Sampedro; El penúltimo sueño, de Ángela Becerra).

Leo libros porque veo una reseña por ahí y me parece que me gustará (Malena es nombre de Tango, de Almudena Grandes; El club de la buena estrella, de Amy Tan).

Leo libros porque me llama la atención la foto de la portada, o el título, y lo compro porque si (Cielo de Tango, de Elsa Osorio; Breve historia de los que ya no están, de Kevin Brockmier).

O leo libros porque he acabado el que me llevé a la oficina, he ido directa a buscar a los niños y me sobra media horita (Desde mi cielo, de Alice Sebold; Lo mejor que le puede pasar a un cruasán de Pablo Tusset).

Algunas veces he leído alguno de esos libros que hay que leer para hablar con la gente (El código da Vinci, o Los pilares de la tierra de Follet). A veces hasta me han gustado.

Al final he decidido que no necesito demasiado criterio en mis lecturas porque nunca sé dónde va a estar esa joya, uno de esos libros que me gusta tanto, tanto, que cuando estoy a punto de acabarlo intento frenar para seguir escuchando las voces de sus personajes y al fin despuésde leer la última palabra me da tanta pena dejarlos que, sin ninguna pausa, los vuelvo a empezar... Esos que pasado el tiempo siguen resonando en mi cabeza, con esos personajes que ya son como amigos de toda la vida, como una buena canción que nunca me canso de oir.


Para mí, incapaz de entrar en una librería y salir con las manos vacías, el día de Sant Jordi en Barcelona es como soltar a un alcoholico en la feria de la cerveza en Munich. Lo de menos es esa rosa que tarde o temprano alguien te da. Normalmente me basta con no entrar en ningún comercio que tenga sección de libros y pasar por las librerías deprisita y mirando sólo de reojo...si sacan los libros a la calle entro en caos.


Tal vez uno de esos, de los que leo dos, tres, cuatro y al final olvido cuántas veces lo leí, aunque no el infinito placer de hacerlo, está en ese montón escandaloso de la estantería de los libros pendientes...dado el nivel de locura que he sufrido este año puede que vuelva a escribir aquí por navidad.

domingo, 30 de marzo de 2008

Se me acumula la tarea



Quería escribir algo sobre esta imagen, y también algo sobre las sonrisas, y sobre el deber de los padres para que sus hijos amen y respeten al otro progenitor, y algo me pasó por la mente sobre el heroísmo doméstico, la música circense y los días de lluvia.
Hoy toca cocina, así que una vez más se quedará en proyectos, pero lo apunto aquí para no olvidarlo y recordar que debería ser yo quien eligiera qué hacer con el tiempo. Y no lo hago.






Semana de Pasión

La Semana Santa de los mayores de mi familia

Mirando a Candela (5 años) y a su prima (2 y medio) sentadas en el bordillo de la acera viendo pasar una cofradía tras otra pienso que iconografía más siniestra: capuchas, cuerdas y espinas, sangre, corazones cruzados con espadas, pies descalzos y un ruido atronador..tambores, timbales, bombos, carracas, matracas y trompetas. No les da miedo?. Pues no, comparten una bolsa de ganchitos estratégicamente situada entre ambas y disfrutan el espectáculo sin ninguna muestra de horror.
Ella, Candela, lo vió y lo pintó así para enseñárselo a sus compis:
Yo la viví como cada año. Un reencuentro y un nuevo adios.
Hacía frío, un frío como hacía años que no veía. Mi alma empezó a estremecerse con el primer golpe de bombo que anunciaba la salida de La Piedad. Me pregunto qué deben pensar de esa loca que llora en silencio al paso de la procesión (qué devota!!!!); yo lloro sin ningún tipo de verguenza a pesar que con la edad he desarrollado un sentido del pudor que me impide manifestarme ante la gente, esa noche, en ese lugar, no sabría como evitarlo. Este año uno de los cofrades que estuvo un buen rato parado frente a mi me acompañó llorando, me sentí un poco menos sola sabiendo que no soy la única. Durante veinte minutos vi sus ojos tras cada capirote, es tán fácil confundirlos tras ellos...la llegada del cuarto memento con su nombre grabado junto a los otros me devuelve al mundo, el único que existe y sólo me queda seguir llorando...
Durante un tiempo pensé que era ese de la portada, el del cetro. La confusión era fácil, así lo ví el último jueves santo. Un tiempo después y con una gran dósis de mala baba alguién me sacó del error. Yo prefiero recordarlo en la terraza de alguien que no recuerdo, riéndo y echándome la bronca mientras se inmortalizaba el momento.

Con dos maletas de ropa sucia y mucha pereza volvemos a la vida normal.


domingo, 2 de marzo de 2008

Y tú en qué crees?

Primera escena.

Hace unos días contestando un correo afirmaba: “no tengo fe en las palabras, ni tampoco tengo esa otra fe de la que tú disfrutas…” Después de enviarlo, además de cansada (fue difícil para mi plasmar lo que sentía) me quedé pensando: Puaggg, que negativa, es que no creo en nada?

Segunda escena.

Uno de esos días felices en los que me toca a mí llevar a los niños al cole me contaba mi hija mayor:
-A XXXX no la dejan disfrazarse sus padres, no tiene ni un disfraz. Para carnestoltes como va sola al cole salió con el uniforme y en la calle se cambió con ropa que le dejó una amiga….- se veía claro que mi hija no se explica (yo tampoco, ya que estamos) una ¿religión? que por lo visto no admite las fiestas, los regalos, ni los disfraces – es que ellos no creen en carnestoltes – afirmó con asombro.

Mi hija pequeña que no pierde comba aunque la lleves a rastras intervino:
- A XXXX tampoco le disfrazan, se lo tuvo que prestar la “señu” el día de carnaval – yo anoté en mi mente que tengo que revisar a qué colegio van mis hijos.

Y un poco agobiada y temerosa preguntó:

- Mamá tú si crees en el carnaval verdad?

- Claro!!!!!! – contesté riendo, y de pronto cogí carrerilla – Yo creo en el carnaval, en la noche de Sant Joan, en la Navidad, el niño Jesús y los Reyes magos. Creo en los duendes, creo en los dragones, creo en las hadas y sobre todo creo en la magia.

Ya en el metro la línea amarilla me regaló uno de esos trayectos lentos, cansinos y cuando vas con prisa estresantes en los que te da tiempo a componer mentalmente lo que vas a hacer el resto del mes, pero yo me lo pasé pensando que no está tan mal. Puede que no crea en la fuerza de las palabras como alivio y cura, ni tampoco en Dios, pero conservo en el alma un millón de creencias absurdas que no sirven para mucho pero me hacen más interesante, a saber:

Creo que a las mujeres nos la metieron doblada al hacernos creer que nos íbamos a realizar mucho más trabajando fuera de casa; no reniego de la independencia que proporciona un sueldo propio, pero no acabo de ver claro si no me realizaría exactamente igual cocinando unas lentejas. Hoy por hoy más que más realizada lo único que me siento es mucho más cansada… (y que me perdonen todas las feministas del mundo esta muestra de debilidad flagrante)
Creo que hay libros que enganchan desde la primera línea que mis ojos ávidos devoran en un segundo convirtiéndose en fuente inagotable de satisfacciones, y que, cuando eso ocurre, un escalofrío me recorre la espalada al anticiparlas. También creo que esa voz cascada de fumadora indolente que a veces me dice: “Solo hay un mundo” es la voz de la tía Magda… cuando los personajes de un libro te hablan significa que has leído demasiadas veces esa novela :-D
Creo que Eladio fue una de las mejores cosas que se me han ocurrido en este mundo, y que durante un tiempo se convirtió en un segundo par de ojos para mirar la vida enriqueciendo la perspectiva, además de darle el nombre a mi niña Candela.
Creo firmemente que cada mañana es una nueva oportunidad. Aunque a las doce de la mañana ya la hayas perdido puede rebrotar de golpe a las seis de la tarde, nunca se agota.
Creo que a veces utilizamos descuidadamente las palabras. Que decir “te echo de menos” significa que debes interrumpir lo que estás haciendo en ese mismo instante y escapar móvil en mano rezando: “Tiene que ponerse, tiene que ponerse…” porque no resistes un segundo más sin oír su voz; que decir ”ausencia” es hacer lo mismo que cuando dices “te echo de menos” y encontrarte mirando el teléfono llorando al comprender una vez más como si fuera la primera que no va a contestarte porque ya se fue para siempre y que para siempre es una palabra que hay que utilizar con exquisita prudencia porque no llegamos a imaginar cuán largo puede resultar.
Creo que cada año el jueves Santo tengo una cita ineludible en San Cayetano y que por absurdo que parezca yo sé que él está allí.
Creo que la risa de mis hijos es, junto a su voz, lo que más me gusta escuchar y que sólo por oírla han conseguido arrancarme una vena “gansa” que no sabía que tuviera dentro.
Creo que la vida sigue siendo bella cuando uno cree en ella con pasión.

…Creo en muchas cosas más, sobre todo en que nunca, nunca, conseguiré escribir una nota breve y también que hoy, como todos los días, como todos los que vendrán me jugaría la primavera por tenerlo delante...